Abril

Mi vida tiene sabor a agüita de mar, se siente como un tierno y cálido abrazo y finalmente mi vida huele a vainilla, amor y esperanza. El otoño ha llegado y con él mi mes favorito del año, abril. Llevo en el corazón los gestos, acciones y palabras de amor que día a día he venido acumulando a lo largo de 27 años. También, en un pequeño espacio de este delicado y poco comprendido corazón, guardo anhelos y aspiraciones que me roban suspiros cada vez que en ellos pienso. Por mi vida han pasado las personas que debían de pasar y se han quedado las que debían quedarse. Ahora mismo, con dolor de cabeza y sensación de cansancio a raíz de la celebración de ayer, creo que ni un solo día de mi vida ha sido en vano. Cada día es una oportunidad de mejora y reinventarme es más que una necesidad, es un hábito. Soy del grupo de personas que le gusta experimentar, aunque eso implique consecuencias y si tuviera la oportunidad, probablemente moldearía mi personalidad a una menos amiga de los riesgos. Pero ¿Qué sería de mí sin estas intensas ganas de vivir y saborear el amor, la pasión e inclusive la derrota? Confieso que soy tímida y en algunas ocasiones insegura. Pero cuando algo me interesa puedo llegar a perder los estribos y sacudirme de miedos y vacilaciones. Si piloteo mi vida de ese modo, todo me resulta mejor.

Cumplir años involucra el paso del tiempo sobre nuestros cuerpos y almas. Conforme pasa el tiempo, dejamos atrás una versión antigua de nosotros mismos que nunca más volverá a existir. Y no puedo evitar sentir nostalgia al recordar la niña y/o adolescente que alguna vez fui. Si pudiera no retrocedería el tiempo, creo que preferiría paralizar el ahora. Nunca me he sentido más plena y jubilosa que hoy. Sin embargo, pensar en la pequeña niña que alguna vez fui, me hace sentir añoranza. Extraño la ilusión con la que veía las cosas pues desconocer el mundo me causaba una sensación de curiosidad insuperable y contaba las horas por hacerme mayor. Haré esto y haré lo otro decía dentro de mí y no podía evitar imaginarme siendo una mujer mayor comiéndose el mundo y tocando el éxito como ahora mismo toco las teclas de este computador. Qué ingenua ¿Verdad?

No todo resultó ser tan sencillo como desearlo o soñarlo. Con el tiempo me di cuenta de que no todo consistía en querer. Había que trabajar en ello, esforzarse mucho, renunciar a ciertas cosas y superar desafíos que nunca faltan en el camino. Como diría Vicentico “Los caminos de la vida no son lo que yo esperaba, no son lo que yo creía, no son lo que imaginaba. Los caminos de la vida son muy difícil de andarlos, difícil de caminarlos”. Aun así, la vida y sus vaivenes me saben tan desafiantes como interesantes. Si tuviésemos todo lo que deseamos ¿Qué sentido tendría esforzarnos? ¿Nuestra existencia tendría algún significado? Yo creo que no. Así que algunas veces me pregunto si mi yo adolescente de 15 años estaría orgullosa de la mujer que hoy en día soy y pienso que sí.  Retrocedo algunos años e imagino a aquella ingenua y cándida joven frente a la mujer en la que me he convertido 12 años después y la mayor de ellas le dice a la otra que no tema ser quien es, que se equivocará, pero que sin importar lo que pase, saldrá siempre bien aireada de todo y que lo que ella sueña, se convertirá en realidad. Mi versión quinceañera sonríe y su corazón desborda de ilusión porque ahora sabe que sus sueños se harán realidad. Sonríe y responde: ¡Estoy orgullosa de la mujer en la que un día me convertiré!

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