El puquio Pt. 3

Después de desayunar, Ramiro le mostró a su primo muchos de los muñecos nuevos que su padre le había elaborado a base de madera y otros materiales reciclados. Jeremías se sintió maravillado. Su primo tenía inclusive un auto de madera en donde ambos encajaban perfectamente y Ramiro le permitió conducirlo todas las veces que a él le apeteciera. 

Los felices primos jugaron por horas sin cesar. En el almuerzo, Doña Mariela les sirvió chicharrones acompañados con camotes fritos y de postre un exquisito pastel de maíz dulce con crema de leche. Después del almuerzo y con los estómagos sumamente llenos, Ramiro le dijo a Jeremías que debía mostrarle algo extraordinario.

—¿Algo extraordinario? —Preguntó Jeremías.

—Es un lugar. Pero habla bajito por favor, mis papás no pueden enterarse. —Dijo Ramiro susurrando.

—¿Por qué no pueden enterarse? —Preguntó con voz baja Jeremías sorprendido y con los ojos bastante abiertos.

—Porque no me creerían y se enfadarían mucho conmigo. —Respondió Ramiro pensativo.

El padre de Jeremías ingresó al comedor y preguntó:

—¿Qué tanto chismorrean muchachos?

—No, no es nada papá. Ya terminamos. ¡Nos vamos a jugar! —Respondió Ramiro tartamudeando y cogiendo de la mano a Jeremías para dirigirlo hacia la calle.

—Pero muchachos …. —Exclamó confundido el padre de Ramiro.

—¡Gracias por la comida padrino! —A penas alcanzó a decir Jeremías desde la puerta de salida.

Ramiro le explicó a Jeremías que los adultos no debían enterarse de nada porque se trataba de un gran secreto que él y sus amigos del pueblo habían prometido no contarle a nadie. Caminaron por la carretera y cruzaron cuidadosamente las chacras hasta llegar a la casa de Fernandito; un niño regordete, de cachetes colorados y labios resecos.

Ramiro le pidió a Fernandito que los llevara al puquio para mostrarle a su primo el gran secreto que mantenían oculto todos los niños del pueblo. Los primos se montaron en la parte trasera del triciclo de Fernandito quien conducía sumamente rápido pese a que sus piernecitas gordas a duras penas lograban girar el pedal del oxidado triciclo rojo que al avanzar emitía un sonido similar al choque de 2 latas de leche. Jeremías se sujetó tanto como pudo de un fierro que se encontraba detrás de Fernandito y pese a que temía caerse y le dolía el trasero de tantos brincos que daba, sintió que hasta el momento ese se estaba convirtiendo en el mejor día de su vida.

—¡Ojalá mi familia y yo viviéramos aquí! ¡Le diré a papá que consiga un trabajo aquí! —Gritó Jeremías mientras se suspendía nuevamente en el aire y golpeaba sus posaderas en el duro y corroído asiento trasero del triciclo.

—No creo que tu padre quiera trabajar en el campo primo. —Comentó Ramiro

—Siempre dice que usar la computadora le provoca dolor de cabeza ¡Aquí ya no necesitará una tonta computadora! ¡Y yo le ayudaré a sembrar y a cosechar! Así podremos pasar más tiempo juntos. —Dijo Jeremías al recordar que su padre gozaba de poco tiempo para jugar o salir a pasear con él.

—¡Y nosotros podremos jugar todos los días! —Exclamó Ramiro alzando su brazo izquierdo y sujetándose del otro.

—¡Si! ¡Será fabuloso! —Vociferó a toda voz Jeremías elevando sus dos brazos y volviendo a sujetarse a los pocos segundos por temor a caerse del triciclo.

Los niños se sentían dichosos. Fernandito conducía orgulloso su triciclo oxidado y pensaba que de grande sería un excelente piloto de carreras. Ramiro estaba muy feliz de al fin tener en casa a alguien con quien jugar y Jeremías deseaba que el fin de semana no culmine jamás. El paisaje era agreste pero cautivador. Los rayos del sol impactaban intensamente en la piel de los niños y el fresco viento los sosegaba. Iban tan rápido que algunos adultos que caminaban por la carretera les gritaban: ¡Cuidado! ¡Más despacio! !Se van a caer!

Jeremías cayó en la cuenta de que se habían alejado mucho cuando no vio más casas ni personas a los alrededores. Tampoco había chacras ni cultivos. A lo lejos divisó unos árboles y diversos matorrales que al parecer nadie cuidaba. Cuanto más se acercaban, más estrecho se hacía el camino y Fernandito disminuyó la velocidad. El silencio del lugar permitía apreciar el sonido de la corriente de agua de un rio que Jeremías no lograba observar, pero si escuchar.

Habiendo llegado a su destino, los niños dejaron el triciclo bajo un follaje de hojas y caminaron unos metros hasta llegar al borde de un riachuelo formado con el agua cristalina que brotaba de 2 manantiales ubicados al pie de una formación rocosa. Jeremías recorrió el lugar con la mirada y lo que más llamó su atención es que en la cima de la montaña de rocas se erguía una gran construcción que parecía ser una casona abandonada.  

Ramiro se puso en cuclillas a un lado del riachuelo e insertó su mano al agua, la sacudió y guardó silencio. Jeremías, sin entender qué hacía su primo, supo que también debía permanecer callado pues Fernandito le hizo una seña con la mano. Después de unos segundos en silencio, sorpresivamente una gran mariposa de coloridas alas apareció y se posó sobre una de las hojas de las Altascopas, unas plantas acuáticas de hojas grandes y gordas que habían crecido a los alrededores del riachuelo.

—¡Bienvenidos sean pequeños y fabulosos niños! ¡Qué dicha volver a tenerlos por aquí! —Recitó la mariposa aleteando sus hermosas y grandes alas.

—¡Hola Furtiva! —Exclamaron con entusiasmo Ramiro y Fernandito.

Abril

Mi vida tiene sabor a agüita de mar, se siente como un tierno y cálido abrazo y finalmente mi vida huele a vainilla, amor y esperanza. El otoño ha llegado y con él mi mes favorito del año, abril. Llevo en el corazón los gestos, acciones y palabras de amor que día a día heSigue leyendo «Abril»

Del lado de la paz

Mientras la mayoría de gente en el mundo responsabiliza a Putin del aún desconocido número de fallecidos tras la invasión rusa, Putin culpa al gobierno ucraniano por las muertes ocasionadas.  Biden por su lado, se reúne con el grupo de potencias del G-7 para establecer nuevas sanciones en contra de Moscú; todo ello en alianzaSigue leyendo «Del lado de la paz»

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