Vía Libertadores Pt. 2

Habiendo ingresado todos a la camioneta blanca de papá, decidimos continuar con nuestro itinerario al ritmo de la lluvia y los estridentes truenos de las alturas. Papá acarició la mejilla de mamá y giro hacia atrás para vernos. Nuestras miradas se cruzaron y le sonreí. Quería que supiera que “sus chiquitas”, como suele llamarnos, estábamos bien. Caí en la cuenta de que dicha travesía se había convertido en una ocasión familiar e intentaba no dormirme pues no quería perderme de los asombrosos paisajes ni de los interesantes y ocurrentes relatos que papá nos contaba mientras conducía.

Unos kilómetros más adelante, mi hermana; quien hace una hora había dicho que se encontraba bien; comentó que comenzaba a dolerle el estómago y creí que se trataba del temido soroche. Sin embargo, dudé que fuese así pues ya habíamos dejado atrás las zonas más altas del camino, aquellas áreas en las que la presión atmosférica disminuye y dificulta la respiración, provoca náuseas y dolor de cabeza. Nos encontrábamos a pocas horas de Ayacucho y el paisaje se tornaba cada vez menos agreste.  Al igual que yo, papá creía que no podría tratarse del mal de altura y mientras observaba a mi hermana por el retrovisor le preguntó en qué parte le dolía.

La menor de mis hermanas y yo conversábamos y nos inquietamos al notar que nuestra hermana comenzaba a llorar y retorcerse de dolor. Los siguientes instantes fueron de desesperación y discusión. Mamá opinaba que papá debía conducir más rápido para llegar cuanto antes a algún centro de salud y papá planteaba que mi hermana debía salir de la camioneta, respirar un poco de aire e intentar aclimatarse al nuevo ambiente en el que nos encontrábamos. Las opiniones iban y venían hasta que mamá recordó que el día anterior mi hermana había asistido a una reunión con sus amigos. Entonces relacionamos el dolor de estómago de mi hermana a tres cosas. Primero, la noche anterior había llegado tarde y pasada de copas. Segundo, durante todo el día no había querido comer más que dos o tres bocados de caldo y tercero, ella sufre de gastritis.

A lo lejos, vimos unos restaurantes al lado derecho de la carretera y papá se apresuró en orillar la camioneta frente a ellos. Le consultó por algún puesto de salud cercano a una señora vestida con unas peculiares polleras color verde y ella respondió que nos encontrábamos muy alejados de la posta más cercana. Recomendó un mate de muña y a regañadientes, mamá obligó a mi hermana a beber 2 tazas de ello. Observé a mi hermana y me estremecí al notar su desesperación por el dolor que sentía; sus puños golpeaban sus rodillas y no paraba de llorar. Le dije a papá que debíamos ir hacia la posta que indicaban y preferí callar cuando noté angustia y miedo en los ojos de mi padre. Ver a mi espantado padre me impactó tanto como ver padecer de dolor a mi hermana y desde ese instante, impotente y sin saber qué hacer, solo atiné a guardar silencio.

La señora de las polleras verdes, parada a un lado de la camioneta y con la taza vacía en mano, observó a través de la ventana a mi hermana y le dijo: Bebe orina. Orina de hombre.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s