Vía Libertadores Pt. 1

Lima es una ciudad cautivadora y debo confesar que lo que más me gusta de ella es caminar por sus grisáceas playas en las tardes de invierno, recorrer las calles del centro y asistir a un par de bares en los que puedo disfrutar de buena música mientras bebo mis tragos favoritos. Asimismo, de vez en cuando visito el distrito de Pachacamac en donde se puede recorrer sus lomas en bicicleta o en cuatrimotos y en la Plaza de Armas es posible degustar delicias como anticuchos, picarones, carapulcra, pisco sour, cócteles de frutas, etc. Sin embargo, considero que nuestra sobrepoblada capital puede provocar que en algunas ocasiones uno desee hacer maletas y enrumbarse en la búsqueda de nuevos lares lejos del bullicio, la agitación y la contaminación que caracteriza a esta ciudad. Es por ello que después de mucho tiempo decidí volver a visitar la región de Ayacucho; el lugar al que con solo oír su nombre me transmite paz, vida y armonía.

Sábado 30.10.2021: Siendo las 4 y 30 de la mañana, recibí una llamada de la menor de mis hermanas quien con la voz aletargada me dijo que papá indicaba que en 30 minutos debíamos estar listas y prestas para emprender nuestro viaje hacia la ciudad de Ayacucho. Ingresé a la ducha y 45 minutos después bajé al departamento de mis padres sintiéndome completamente despabilada. Una de las cosas más bonitas de dejar la capital por la Panamericana Sur es que al lado derecho se puede divisar las playas limeñas y da la sensación de que las enardecidas e impetuosas olas se despiden de uno. Cerca de las 10 de la mañana nos encontrábamos en el distrito de Huancano en Pisco y nos detuvimos a comer el célebre plato de Chupe de camarones extraídos del río Pisco y que según nos contó papá, proviene del departamento de Huancavelica. El pequeño y acogedor restaurante en donde comimos se encontraba ubicado a metros de la Vía Libertadores y para llegar ahí, debimos pasar antes por Cañete, Chincha y distintos puntos de Pisco como los distritos de Humay y Tambo Colorado que se caracterizan por sus numerosos cultivos de uva y algodón. De más está decir que uno de mis más grandes deseos es poseer un viñedo y contar con un sin fin de vinos a mi disposición. Los paisajes que conforman la ruta son sumamente fascinantes e interesantes, inclusive para las personas que como yo aborrecemos el soroche que suele producirse al viajar al interior del país por carretera. Después de comer hice algunos ejercicios de estiramiento y de respiración bajo los intensos rayos del sol pues sabía que llegar a Ayacucho desde ese punto nos tomaría cerca de 7 horas y que durante todo ese tiempo no nos detendríamos a menos que se requiera.

La lluvia nos sorprendió a las 3 de la tarde. Me sentí maravillada por el atractivo que le adicionaba la lluvia al paisaje y sorprendida porque hasta ese entonces no había experimentado los síntomas del atemorizador soroche. Papá se detuvo antes de cruzar el puente Rumichaca y nos recomendó bajar de la camioneta para estirar las piernas e ir aclimatándonos. Pese al frío y a la impetuosa lluvia; mamá, mi hermana menor y yo salimos de la camioneta. Poco antes de llegar a uno de los restaurantes del lugar sentí que ya no podía respirar con naturalidad, experimenté un ligero mareo y creí que no podía continuar caminando a la misma velocidad. Me detuve y le dije a mamá que retornaría a la camioneta. De regreso, concluí que al fin y al cabo lo peor que podría pasarme es que finalmente me dé el mal de altura y eso no podría matarme ¿Cierto? Así que decidí acercarme al puente a pasos lentos y fotografiar lo que mis ojos veían. Me sentía descompensada, pero sin duda el panorama frente a mí lo valía. El puente de infraestructura naranja se extendía sobre la Vía Libertadores y a lado derecho podía observarse un pequeño abismo que finalizaba en un rio de reducida profundidad. Saqué un par de fotografías y caminé de regreso lentamente hacia la camioneta cubriendo mi cabeza y mi celular de la lluvia que se acentuaba conforme yo caminaba. Tomé asiento y poco a poco recobré el aliento. Mi otra hermana, quien no se había animado a salir de la camioneta, tenía el rostro pálido y macilento. Le pregunté si se encontraba bien y respondió que si sin imaginar lo que minutos después ocurriría.

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