Belén Pt. 2- La playa

Estando al fin sola y en completo silencio, Belén se animó a caminar descalza en dirección hacia la playa que se encontraba a menos de 200 metros de la casa. Su largo vestido veraniego de color lavanda rosaba delicadamente la tibia arena y las luces blancas que colgaban de las palmeras y demás plantas se reflejaban en sus grandes ojos negros. Al llegar a la playa, su piel adquirió una tonalidad anaranjada producto de la luminosidad de las llamas de la fogata encendida frente a la hamaca en donde decidió reposar. Acostada, vio que las plantas de sus pies lucían sucias y recordó enseguida las veces en que Ernesto pintaba cuidadosamente las uñas de sus pies con esmalte rojo. Sacó un cigarro de su bolso de tela y lo encendió con el encendedor de plata que le pertenecía a Ernesto. Observó a su alrededor y cayó en la cuenta de que se sentía completamente sola, no solo por ser la única persona que en esos momentos se encontraba en la playa, sino también porque durante los últimos años había vivido alejada de su familia y Ernesto se había convertido en el único capaz de hacerle sentir que aún tenía un hogar. «Si nada malo te hubiera ocurrido, a estas horas estaríamos abriendo El Gazpacho» Pensó mientras observaba la foto de inicio de su celular en la que, abrazada a Ernesto, sonreía sin imaginar lo que el destino le deparaba. El Gazpacho era un restobar que después de años de trabajo logró inaugurar junto a Ernesto y a la familia de este. El nombre del establecimiento surgió a raíz de que así se llamaba el plato predilecto del Señor Antonio, padre de Ernesto, quien acogió a Belén en su hogar tras las constantes peleas entre ella y su madre. La diferencia horaria entre Perú y Sevilla es de siete horas, así que debían ser las 2 de la tarde aproximadamente por allá; a esas horas Ernesto y Belén se preparaban para abrir el negocio que con demasiado esfuerzo y dedicación habían emprendido. Tras la apertura del local, Belén le propuso a su novio viajar para celebrar, él se negó y trató de convencerla de que no era el momento de desembolsar más dinero del que ya lo habían hecho por el negocio; pero la obstinada Belén se empecinó tanto en conocer la ciudad de Marruecos que terminó convenciendo a sus suegros y estos a su hijo. «Ojalá nunca hubiera insistido tanto. Ojalá nunca me hubieras hecho caso» Pensó mientras observaba fijamente el mar con los ojos nublados.

—Señorita le traje la bebida. —Comentó Doña Eva detrás de Belén mientras colocaba el macerado y una copa sobre una mesa plegable de madera.

—¿Señorita?

—Señorita. —Repitió poniendo una mano en el hombro izquierdo de Belén.

—Discúlpeme Doña Eva. —Respondió Belén dejando caer su cigarro en la arena por el susto y llevándose ambas manos al rostro para limpiar sus lágrimas.

—¿Se encuentra bien mamita? —Preguntó Doña Eva turbada al ver el rostro empapado en lágrimas de la joven.

Belén no supo qué responder. Les había dicho a todos que se encontraba bien, que no necesitaba el consuelo ni la compañía de nadie; había preferido ir a Tumbes antes que a Lima solo porque no toleraba la idea de tener que explicarle a su padre todo lo que había vivido durante su estancia en Sevilla. Además, casi y no tenían comunicación a no ser por las fechas festivas como los cumpleaños o la navidad. Apreciaba el apoyo que le estaban brindando Mariana y Saúl, pero creía que ella había cambiado mucho mientras que ellos continuaban siendo los mismos jóvenes inmaduros e ingenuos que conoció y dejó al marcharse del Perú. Ella por su lado, durante los años en que vivió en el extranjero había pasado por experiencias duras a las que sus privilegiados y adinerados amigos jamás estarían expuestos. Había aleccionado algo de cada dificultoso suceso y estaba dispuesta a repetirlo todo desde el momento en que se marchó del Perú porque tomar dicha decisión propició que conociera a Ernesto y que dejara atrás la vida que tanto despreciaba, la vida a la que ahora por imposición del destino debía retomar.

—Estoy bien, no se preocupe. —Respondió Belén en un susurro, aunque anhelaba decirle a esa desconocida señora lo que en verdad le sucedía; que no se encontraba bien y que se sentía desorientada respecto a su futuro.

—¿Desea que llame a la señorita Mariana?

—No por favor. —Dijo Belén poniéndose de pie.

—Muchas gracias por la bebida, me gustaría estar sola por favor. —Agregó Belén mientras se servía el macerado en la copa.

Doña Eva vaciló en marcharse, pero lo hizo porque una orden es una orden; aun así, no dejó de sentir lástima por la joven que para ella tenía la cara tan bonita como triste. Belén se encaminó hacia la orilla del mar con su bebida en la mano y cayó en la cuenta de que nadie la había visto llorar desde hace 4 meses en que falleció Ernesto. El fresco viento tocó sus mejillas secándolas por completo y ella creyó que era el momento de darle un giro a las cosas; no podía continuar yendo por la vida lamentando la partida de su último amor y decidió convertirse en la mujer fuerte y aguerrida que Ernesto siempre le dijo que sea. «Debo continuar con mi vida mi amor, han pasado 4 meses y no he dejado de amarte ni creo que deje de hacerlo nunca; pero debo dejarte ir para devorarme el mundo como planeamos juntos hacer. Dame fortaleza desde donde estés, ayúdame a seguir por favor» Dijo mientras observa las olas del mar y volvía a derramar unas lágrimas.

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