Estamos vivos !

Debo confesar que mis días favoritos son esos en los que por algún motivo me regocijo desde lo más recóndito e íntimo de mi corazón y al acostarme le sonrío al techo de mi habitación rememorando lo vivido.

He caído en la cuenta de que como seres humanos tenemos la necesidad de atesorar en nuestro interior los momentos más felices de nuestras vidas para no olvidarlos jamás. Llegué a esta conclusión ayer por la noche mientras escuchaba hablar a Jacky. Con un sombrero de charro en la cabeza y al borde de las lágrimas, le agradecía a la familia de su esposo y a la suya por el esfuerzo que le habían dedicado a la organización de la animada y sobre todo encantadora reunión en la que nos encontrábamos celebrando su cumpleaños. Ella, vestida con una delicada y coqueta blusa rosada que hacía sintonía con la botella de Gin con sabor a fresas que le habíamos entregado como presente, se encontraba tan ebria como emocionada pues a simple vista se notaba lo contenta y jubilosa que se sentía. Tras manifestar su agradecimiento, hablaron sus joviales suegros que, junto a sus hijos (los cuñados de Jacky) la sorprendieron llevándole mariachis. Habló luego su orgullosa madre en representación también de su esposo que de seguro desde el cielo sonreía al ver el regocijo de su hija. Su esposo no se quedó atrás, le dirigió unas tiernas palabras en las que expresó sus sentimientos y pude notar efusión en sus miradas. De más está decir lo atento y servicial que se comportó con ella y con los invitados. Desde que llegué, lo vi yendo de aquí hacia allá atendiendo a la gente siempre con una sonrisa en el rostro. Durante el almuerzo, se encargó de que todos tuviésemos lo necesario para comer y después de ello recorría el salón procurando que a nadie le faltase un trago. No fue necesario que nos sirvan las bebidas ni a mí ni a mis amigos pues ingeniosamente nos sentamos junto a la mesa en la que reposaban los tragos. Teníamos a nuestro alcance pisco, tequila, vinos y un gran jarrón que contenía el gin que le obsequiamos combinado con agua tónica y jugo de limón. La cumpleañera bailó durante toda la tarde, sin parar hasta la media noche y quien permanecía sentando por mucho tiempo, era animado a ponerse de pie por ella. En algún momento creí que los tacos de color palo rosa que usaba se podrían romper con un mal paso; todo lo contrario, no hubo canción alguna tan movida como para quebrarlos o dejar sin aliento a la eufórica cumpleañera. ¿Y cómo no sentirse tan feliz? La gente que ella más ama festejaba a su alrededor con tanta algarabía sus 32 años recién cumplidos. ¿Qué mejor regalo de cumpleaños que el cariño y la presencia de sus seres queridos? En definitiva, creo que la familia y las verdaderas amistades son piezas fundamentales que componen nuestros mejores momentos y además de enseñarnos a amar, con ellos aprendemos que dar es más importante que recibir.

Al llegar a casa encontré a mis hermanas sentadas en el sofá, una le ayudaba a la otra a terminar una monografía para la universidad y no pude evitar sentirme exageradamente afortunada de tenerlas tanto a ellas como a mis padres y a mi hermano junto a mí. Y no, no se debía al alcohol que circulaba por mi cuerpo. Hoy más que nunca creo que es vital celebrar la vida junto a la gente adecuada y desprendernos de los que merman nuestra felicidad. ¡Estamos vivos! Y es una obligación celebrar y agradecer nuestra existencia, no necesariamente en una fiesta, también podemos celebrar la vida estando solos y sin involucrar compañía: Comiendo algún antojo, leyendo un libro de nuestro agrado, bebiendo a solas nuestro trago favorito, abrazando a nuestro perro, yendo al lugar que venimos postergando visitar, diciéndole a la gente importante para nosotros que los amamos, reconociendo nuestros logros, perdonando alguna equivocación de nuestro pasado, regalando palabras amables o una sonrisa a alguien que lo necesite, haciendo a solas los pasos de baile vergonzosos que nunca hacemos frente a los demás o escribiendo como me gusta hacer a mí. Lo importante es celebrar.

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