Presentación

En las circunstancias más difíciles de mi vida, pocas cosas me han devuelto la consistencia como lo ha hecho la escritura. Y yo que soy una vehemente adicta a todo lo desenfrenado, necesito también obtener impasibilidad de alguna manera; es así como la escritura se ha convertido para mí en un atenuante contra el dolor, la intranquilidad y la irresolución.

Las letras comenzaron a gustarme a los 16 años, un día en que por primera vez visité un consultorio psicológico y la recomendación fue escribir acerca de mis pensamientos y mis planes a futuro. En un principio la tarea me resultó estúpida y una pérdida de tiempo, creía que mamá pagaba para que me dijeran cuál era mi problema y para que me dieran concejos sobre lo que debía hacer con mi vida después de haber terminado la secundaria. Con poco interés y por mera obligación, arranqué una hoja en blanco del cuaderno de una de las materias que más aborrecía, química, y me decidí a escribir. Al terminar un primer borrador, sentí que, a partir de entonces, nada podría volver a perturbar mi seguridad. Al primero que intentara decirme qué carrera me convenía estudiar, le estamparía en la cara aquel papel escrito con prisa y con pésima ortografía, pero con valiosas razones por las cuales había decidido estudiar psicología; insospechadamente terminé apostando por la economía y 10 años después, esa es la carrera que hoy en día ejerzo; pero ese no es el punto, lo que quiero decir es que desde aquel entonces la escritura se convirtió en mi Superman frente a las tribulaciones de la mente y el alma. ¿Cómo es que dicha experiencia me llevó a querer plasmar con letras todo lo que pasaba por mi cabeza? fácil, antes de escribir no tenía ni una pizca de certeza de lo que sentía ni de lo que esperaba de la vida para mí, pero al redactar las diversas ideas que hasta ese entonces vagabundeaban por mi cabeza, encontré la manera de organizarlas, descartar las que no me servían y mantener las que sí. Es decir, rocé con la punta de los dedos eso que llamamos Autoconocimiento. Fue beneficioso para mí y para mi psicóloga, de seguro que nos ahorré tiempo a ambas en el intento de descifrar lo que mi caótica mente contenía. Y ¿Por qué no debería gustarme la escritura si fue a través de ella que le declaré mis sentimientos al primer muchacho del cual me enamoré? Recuerdo que, cansada de ocultar lo que sentía durante más de un año, le dije cuanto me gustaba mediante un cursi mensaje de Messenger casi interminable de leer. Lo que aún no deja de sorprenderme es que después de confesarle mi sentir, perdí el interés en él y me comenzó a gustar otro muchacho.  Lo importante es que expresar mis sentimientos por escrito, algo que jamás se me hubiera ocurrido hacer cara a cara, me liberó.

Actualmente, a mis 26 años, escribir me obliga a vivir conscientemente y no en modo automático como solemos hacer las personas. Suelo estar abierta y atenta a los detalles que conforman mi entorno y mi realidad, ¿Por qué? porque solo así tendré más historias que contar. Existen los días vacíos, esos en los que la rutina no trae nada especial consigo. Pero también existen aquellos días en los que algo, por más sencillo que parezca, sucede y pone a mi mente a trabajar. Mi objetivo no es convertirme en escritora, me falta cientos de años luz de experiencia, pero la escritura se ha convertido en lo primero que deseo hacer al despertar y lo último que intento hacer al terminar mis ajetreados días. Dicen que la práctica hace al maestro y yo en verdad aspiro aprender. Yo siempre he escrito para mí, pero ahora tengo el deseo de compartir contenido y quien esté dispuesto a acompañarme en esta nueva travesía, bienvenido sea y quien no, entenderé sus razones. Pero como diría Lorena Pronsky en el capítulo 11 de su libro Rota se camina igual: “Me amo por atrevida. Más de la mitad de las cosas que tengo las busqué pateando tableros. Obviando prejuicios y omitiendo permisos … Nunca tuve en claro un carajo. Pero me basta con saber que esta es mi vida y que acá solo me mando yo. Por eso me amo. Por atrevida”

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